Todo va bien
Sigo adelante.
La soledad es el único dolor que se siente desde las uñas de los pies hasta el último pelo de la cabeza. Una vez escuché esto en alguna película y me pareció que era lo más acertado que había oído nunca sobre ella. Te empieza a corroer desde el estómago y se expande como un cáncer fatal por todo el cuerpo. Los brazos se vuelven pesados, los pasos cansinos y el corazón parece que se va a parar de un momento a otro. Lo peor es el cerebro, el músculo menos preparado. Empieza a emitir recuerdos y mantiene planos fijos sobre todas aquellas personas que quisiste y que ahora son muertos en vida. Supongo que hay muchas clases de soledades, tantas como humanos somos, pero todas tienen que tener algo en común pues nadie puede desconocer cuáles son sus síntomas. Las personas que están enfermas de soledad son consideradas de alto riesgo pues contagian problemas, desalientos y enturbian la búsqueda de la felicidad fácil de los mortales.
Recuerdo otra escena de una película, esta vez sí reconocida, en la que un caballo se hunde sin remedio en el pantano de la tristeza. Era aquel equino del héroe de “La historia interminable”. Su amo tiraba de las bridas y le gritaba que saliera adelante, pero él no era capaz de dar un paso mientras el barro le engullía sin remedio. Había una lágrima que indicaba la derrota y así se extinguió para siempre. Atreius, intentaba salvar un reino de la Nada que avanzaba sin obstáculo hasta sembrar de desolación la tierra que ocupaba. El joven protagonista tuvo que pedir ayuda al mundo real, decirle a aquel niño que estaba leyendo en el desván que gritara una palabra para salvar a la princesa. No sin un a lucha interna salvaje, el lector superó todos aquellos consejos racionales de su padre y arriesgó su mente en peligro. Así la Nada se replegó impotente.
Hoy descuelgo el teléfono y siento el aliento frío de la desesperación. Intuyo que no hay nadie de carne y hueso que me tienda esa mano que me salve del pantano de la tristeza. Parece que todo ha llegado a su fin. La ilusión se rompe como un cristal en el suelo que luego piso descalzo. Llamo a Bastian, que así se llamaba el salvador de la princesa de la Torre de Marfil. Aparece detrás de la pantalla del ordenador, ese objeto que cada vez me engulle más y más (empiezo a pensar en otra película de terror, Poltergeist). Palabras de amigos que no puedo abrazar. Personas que no creen en la victoria de la Nada y que conocen los pantanos. Llevan manchas de fango en las suelas de los zapatos. Han sentido el mismo dolor y son valientes. Ojalá los tuviera más cerca. Debo conservar la imaginación y pensar que aparecerá ese dragón blanco que me lleve de uno a otro lugar donde se hagan realidad. ¿Recordáis a los personajes que habitaban el reino? Todos sonreían y saludaban al paso de ese gigante volador. Fantasía está en peligro. Escuchad como brama la tristeza. El viento puede cambiar.

Al menos doce personas murieron ayer y medio centenar resultaron heridas por la explosión de una bomba en un tren repleto de pasajeros en el norte de India, informó un alto cargo de la red ferroviaria, Rajendra Singh.
La explosión acaeció cerca de la población de Jaunpur, en el Estado de Uttar Pradesh, a unos 640 kilómetros al este de Nueva Delhi. El número de víctimas podría incrementarse con el paso de las horas ya que al menos una decena de pasajeros presentaban heridas muy graves. Todos ellos se encuentran en un hospital de la ciudad de Benarés, mientras que el resto han sido atendidos en hospitales locales.
El tren Shramjeevi Express viajaba a Nueva Delhi desde Patna, capital de Bihar, el Estado más empobrecido y violento de la India, cuando se produjo el estallido.
La mayoría de los heridos viajaba en el segundo vagón del tren, en el que se produjo la explosión, aunque también varios pasajeros sufrieron heridas al lanzarse del ferrocarril en marcha, asustados tras oír la explosión.
He visto Mumbai inundado. Salió en el telediario. Corrimientos de tierras, muertos y trenes que avanzaban desafiados por la lluvia. Cada vez que veo esos vagones a distancia les echo de menos. Hace poco se veía un picado de una imagen de un expreso rodeado por agua desbordada. Pero nada les detiene. Sólo los accidentes. En Paquistán chocaron tres y murieron tropecientos. Da igual la cantidad. Fue un accidente. No como aquí que nos matan los trenes. ¿Por qué no derriban edificios como las torres gemelas? Ese atentado fue el principio del fin. Para mí el principio del principio fue la caída del muro. Desde entonces nadie entiende nada. Por lo menos yo. Nunca entenderé que ataquen a los trenes. Siempre me he sentido bien en un vagón. La gente es capaz de soñar en un ferrocarril. En los edificios no siempre. Esos están hechos para quitar el sueño, el dinero y las vistas. Es increíble pero se sigue construyendo más y más alto. Es como si nos insultasen. No puedes pagar una casa y te edifican un rascacielos de 600 metros. Los aviones van a chocarse contra ellos más a menudo, quieran o no. Que atenten contra ellos y dejen a los trenes en paz. Que construyan uno muy lujoso y metan a todos los gobernantes del mundo juntos. Que no salgan de allí. Nunca más. Si no gobiernan bien que les estrellen una flota entera de aviones no tripulados. Y que hagan una zona cero para que nadie acceda a ellos. Que nos dejen en paz. Y que no monten en los trenes. Que dejen una estación en paz.
Ha pasado más de un mes desde que regresé a mi lugar. No ha sido fácil. Dice Jorge que los Beatles se separaron al volver de las India y que era peligroso ir allá. Tal vez sea una maldición. Otra amiga mía fue allá con su chico y se acabó la relación. Por no hablar de Girasol y Marisol y de Pablo y Regina. A mí me ha pasado algo más grave. Hasta la fecha me he peleado con todos los que me he encontrado por el camino. He caído en una profunda depresión. El síndrome postvacacional que había intuido. Y no puedo decir que sea la culpa de los demás. Soy yo el que ha pegado un giro o, mejor dicho, he dado una vuelta completa a algo que empezó hace unos años. Estoy en el mismo punto. Perdido en mis calles y con la nostalgia persiguiéndome. Ayer vi a un tipo en un bar. Hablaba del tiempo. Decía que dentro de 10 años tendría 61. A mí me parecía que ya los había cumplido porque muy bien no se conservaba. A mí me quedan los mismos años para llegar a su situación. La vida se escurre entre los dedos. Tan rápido que me parece que si no la aprovecho me asesino a mi mismo. No tengo nada. Esa es la verdad. Apenas puedo pagar el alquiler del mes que viene. No tengo amor. No tengo hijos. Tengo que vivir para mí y me aburre. No hay nada que me ate aquí. Salvo mi familia. Es algo que ya he vivido más veces. Soy ciclotímico. Salto de la más absoluta alegría a la depresión más profunda. Siempre me ha sucedido. Sé que salgo de los ciclos pero en el camino se me van perdiendo amigos. No tengo muchos ahora. He emprendido un duro proceso de selección. Seguro que me estoy equivocando pero es mejor que sufrir desengaños a largo plazo. Es increíble: puedo recorrer el mundo y sentirme fuerte y llegar a mi ciudad y tener miedo a las esquinas.
No creo que nadie lea esto. Necesitaba desahogarme. Hablarle a un papel. Hace tiempo que nadie entra a ver este blog. Bolliwood está cerrado hasta una nueva temporada.